Encuesta de uso y percepción de espacios públicos 2026: barrios bien evaluados, pero con brechas en seguridad, infraestructura y habitabilidad
La vereda por donde se camina, la plaza que se usa o se evita, la humedad o el calor dentro de las viviendas y la sensación de riesgo cuando cae la noche, son factores que impactan en la percepción de la calidad de vida de las personas en sus hogares y barrios.
Cuatro Documentos de Trabajo del Centro de Estudios de Ciudad y Territorio (CECT), basados en la Encuesta de uso y percepción de los espacios públicos en áreas metropolitanas 2026, permiten leer esa cotidianeidad con datos.
La encuesta, realizada por la Pontificia Universidad Católica, estuvo dirigida por el equipo de Estudios y Evaluaciones del CECT, y levantó 4.543 casos por teléfono entre diciembre de 2025 y enero de 2026 en Gran Santiago, Gran Valparaíso y Gran Concepción.
El cuadro general es, a primera vista, auspicioso: la satisfacción con el barrio tiende a ubicarse en un rango medio-alto y la convivencia vecinal aparece como un activo. Pero al abrir la encuesta “por capas”, emergen señales de alerta: una brecha estructural entre día y noche en seguridad, déficits persistentes en infraestructura que modela el uso del espacio público, y problemas habitacionales de aislación térmica, humedad y deterioro en copropiedades. En paralelo, las preferencias urbanas muestran un rechazo transversal a edificios sobre diez pisos en el barrio y una mirada dividida sobre la vivienda social.
Barrios que gustan, pero con críticas a la seguridad y limpieza
La ciudadanía evalúa su barrio con notas que se mueven entre 3,4 y 4,2 (escala 1 a 5). Los puntos altos: convivencia vecinal (4,16) y conectividad con la ciudad (4,14); los puntos bajos: seguridad (3,41) y limpieza (3,7).
El promedio de los ítems evaluados da como resultado un Índice de satisfacción barrial de 3,87 (nivel medio-alto). Por territorio, Biobío lidera (4,01), mientras Santiago marca el menor valor (3,84), aunque con diferencias moderadas.
La lectura urbana apunta a que hay capital social y funcionalidad (convivencia, conectividad), pero la experiencia cotidiana se resiente cuando faltan condiciones básicas de cuidado del espacio público, como orden, aseo y seguridad.
En cuanto a la calidad de infraestructura, las calificaciones se ubican entre 3,07 y 3,75. Lo mejor evaluado son plazas y parques (3,75) e iluminación (3,66); mientras que lo peor es equipamientos deportivos (3,07), ciclovías (3,12) y sedes sociales o centros comunitarios (3,3).
Si bien el Índice de calidad de infraestructura promedio queda en 3,42, en una escala de 5 puntos (nivel regular-bueno), la suficiencia de la infraestructura y servicios presenta algunas problemáticas: cerca de dos tercios considera insuficiente la vigilancia policial (67%) y las ciclovías (67%), y 63,1% ve insuficiente el mobiliario urbano (bancas, basureros).
Esta ecuación de baja calidad, inexistencia o insuficiencia se puede ver reflejado en el uso del espacio público: solo 15,6% usa ciclovías de manera frecuente y apenas 7,5% utiliza regularmente sedes sociales o centros comunitarios; en contraste, plazas y parques (59,5%) y transporte público (56,1%) concentran la concurrencia.
Seguridad: cambios del día a la noche
El análisis de la encuesta en materia de seguridad y prevención situacional señala que el problema no es solo la delincuencia, sino cuándo y dónde se siente temor. En promedio, la satisfacción con la seguridad barrial es 3,41 una evaluación intermedia, con Santiago como la más baja entre áreas metropolitanas analizadas (3,38).
Dos tercios de los encuestados considera insuficiente la vigilancia policial en su barrio. Y la venta de droga en el espacio público aparece como un problema de alta gravedad para más del 36% de las personas.
Pero el hallazgo estructural está en el Índice de Seguridad Percibida General, que llega a 3,5 promedio. Sin embargo, lo más llamativo es la brecha que existe entre el día y la noche: de día sube a 4,18 y el de noche se desploma a 2,82.
En términos urbanos, esa diferencia sugiere que existen fallas de operación nocturna del barrio: iluminación, visibilidad, presencia de otras personas, continuidad peatonal y control social. Y, además, la encuesta detecta que esta caída de la percepción de seguridad nocturna es más pronunciada en mujeres.
Vivienda: desafíos más allá del acceso
Una de las conclusiones más notorias en cuanto a la vivienda adecuada es que no es solo acceso, también es habitabilidad. En la encuesta, el 67,1% declara vivir en casa y el 32,6% en departamento.
En tenencia, predomina la vivienda propia pagada o en pago (59%), pero el arriendo llega a 33,2%, con mayor presencia en personas jóvenes.
Donde se encienden las alarmas es en los problemas de habitabilidad. El más extendido es la falta de aislación ante el frío o calor (28,1%); luego, goteras o humedad (24,7%). Entre quienes viven en departamentos, aparecen además dos problemas típicos de copropiedad: deterioro de instalaciones del edificio (23,4%) y deterioro de espacios comunes (19,8%).
En términos de política urbana, esto se traduce en costos cotidianos (energía, salud, mantención) y en un desafío para la administración, financiamiento y fiscalización de la copropiedad.
Imagen urbana y preferencias
El Índice de imagen urbana promedio es de 3,58 (evaluación moderadamente positiva), con Biobío como el mejor evaluado (3,76) y Valparaíso como el más bajo (3,48).
En imagen externa, es decir, cómo creen los vecinos que ven su barrio quienes no viven allí, el resultado es mayoritariamente positivo: 69,5% cree que lo ven como buen barrio, versus 22,7% que piensa que lo ven como mal barrio.
Cuando se consulta por el impacto de proyectos urbanos en la calidad de vida del barrio, los edificios sobre diez pisos son vistos como negativos por el 75,6%, y solo el 17% cree que tendrían un impacto positivo. En cambio, mercados y ferias libres son altamente valorados (76,5% positivo), y también malls, supermercados o grandes tiendas (62,8% positivo, aunque con un tercio que los mira negativamente).
La vivienda social divide aguas: 45,8% la evalúa como positiva, 42,3% como negativa. Es decir, el conflicto no es solo técnico (dónde y cómo construir), sino cultural y territorial: escala urbana, identidad barrial, estigmas y temores conviven con la necesidad objetiva de integrar ciudad y reducir déficit.
Alta satisfacción residencial, pero disposición a cambiarse
Aunque el documento de imagen urbana reporta una satisfacción alta con comuna (4,19), barrio (4,21) y vivienda (4,47), al preguntar por cambio residencial, 28,9% dice que no se cambiaría, pero 71,1% manifiesta alguna disposición a moverse (otra comuna, otro barrio, otra ciudad o incluso otra vivienda en el mismo barrio).
Esa paradoja puede leerse como un dato fino del mercado residencial: se puede estar satisfecho y, aun así, querer mejorar acceso, precio, conectividad o condiciones de la vivienda. La satisfacción, en otras palabras, no cancela las aspiraciones.
Revisa todos los documentos de análisis de la encuesta:

